Vivir con la diabetes de mi madre

La diabetes me ha afectado desde los ocho años, cuando a mi madre le diagnosticaron diabetes tipo 2. Al ser tan joven no entendí en ese momento lo que significaba y cómo impactaría mi vida al crecer.

Al principio, mi madre parecía la misma. Le diagnosticaron el tipo 2, le recetaron un medicamento y cambiamos nuestros hábitos alimentarios en la casa. Hubo menos dulces y bocadillos, y más frutas y verduras. Para la cena, en lugar de comer comida rápida, mi madre intentaría llegar a casa del trabajo a tiempo para cocinar una comida hecha en casa. Esto duró hasta que tenía 11 años, cuando nos mudamos a una nueva casa.

Una vez que nuestra mudanza se completó, los viejos hábitos, como comer comidas rápidas, comenzaron a retornar. Ya tenía edad suficiente para caminar a casa desde la escuela y podía decidir qué comería en la tarde después de la escuela (¡y no serían verduras ni frutas!).

Un día mi madre estaba en casa, se había ausentado del trabajo por sentirse indispuesta. Cuando llegué a casa de la escuela, la casa estaba extrañamente tranquila y mi madre no estaba en la sala de estar. La llamé y no contestó. Pasé por cada habitación, hasta que finalmente abrí la puerta de su habitación y no la vi en su cama. Llamé su nombre de nuevo y escuché su débil voz llamando mi nombre. Estaba en su baño y su nivel de azúcar en la sangre era muy alto.

No sabía qué hacer ni cuál era el problema. Corrí hacia ella y le pregunté qué le pasaba y todo lo que me pudo decir era que le buscara un poco de jugo ya que no estaba segura si su nivel de azúcar en la sangre estaba demasiado alto o demasiado bajo. Corrí a la cocina por un vaso de jugo. Se lo bebió, pero noté que estaba muy pálida y su piel estaba fría y húmeda. Le pregunté si debía llamar al 9-1-1 y me dijo que no. Me pidió un poco de mantequilla de maní. La proteína que contiene la mantequilla de maní ayuda a estabilizar los niveles de azúcar en la sangre. Luego de veinte minutos, su cara comenzó a recobrar color nuevamente y pudo hablar más.

No lo sabía, pero mi madre había empezado a administrarse inyecciones de insulina. Una vez que pudo levantarse y se puso la inyección, se sintió mejor y dejó de dolerle de cabeza. Estaba muy asustada y solo estábamos ella y yo en la casa. Nos sentamos juntas y me explicó qué debía hacer si alguna vez volvía a suceder. Me gustaría decir que fue la única vez que mi madre tuvo un episodio similar, pero no fue así.

Para mí, la comunicación es lo más importante cuando se diagnostica una enfermedad. La familia está para apoyarte y ayudarte. Varias veces he pensado qué hubiera sucedido si ese día no hubiera llegado a casa a tiempo para socorrerla.

Muchos años después, y después de yo haber tenido un hijo, mi madre se comprometió a cambiar su estilo de vida para poder ver crecer a su nieto. Me hace muy feliz saber que ella ha seguido una dieta estricta baja en carbohidratos y en azúcar y que vive felizmente viendo crecer a su nieto. Ella me ha inspirado a vivir un estilo de vida más saludable que le he podido transmitir a mi hijo.

Vivir con diabetes es difícil para la persona a quien se le diagnostica, pero también lo es para sus seres queridos. Los pequeños cambios pueden tener un gran impacto en tu salud y la de tu familia. ¡No te rindas y encuentra algo por lo que valga la pena cambiar!

 

Presentado por: Angie Pesek

Comentario

INGRESA para compartir tus comentarios o REGISTRATE hoy para ser un miembro de Connect.